Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad,
la segunda una erotización del lenguaje. (Octavio Paz)
la segunda una erotización del lenguaje. (Octavio Paz)
Cercano al mediodía decidimos hacer un alto en nuestra marcha, para poder descansar antes de encarar el último tramo hacia nuestro objetivo: la ciudad. Una frondosa arboleda nos proveyó del refugio y la sombra necesaria. Decidimos comer y beber solo lo necesario para restituir fuerzas, no sabíamos cuando íbamos a poder reponer nuestras vituallas.
Mis compañeros de viaje estaban demacrados, abatidos. Se alimentaban mirando hacia ningún lado, absortos en sus pensamientos sobre lo acontecido. Flor tenía una expresión que denotaba un cambio con respecto a su infantil postura, como si hubiera madurado de golpe. Manuel, parecía tener el asombro en su rostro, además de una permanente tensión que lo hacía estar pendiente de todo lo que lo rodeaba. Me sentí con la responsabilidad de no acrecentar sus temores y demostrar una actitud positiva y resuelta, como para que se sintieran, en cierta forma, contenidos.
Me pareció que podíamos iniciar una charla que nos ayudara a conocernos mejor, ya que, indudablemente, nos íbamos a necesitar unos a otros en próximos eventos. Es por eso que propuse:
- Manuel, contanos algo de vos.
El muchacho terminó de tragar su ración y, entusiasmado, nos relató.
Su familia vino del interior a la capital, forzada por la situación económica. Sus padres, hasta donde pudieron, los sostuvieron a él y sus otros cinco hermanos (tres mayores que él) para el sustento y su educación. Llegado el momento, Manuel tuvo que salir a trabajar de diferentes cosas, hasta que se inscribió en la escuela de suboficiales del ejército y pudo egresar como cabo merced a su capacidad y empeño. Su primer destino fue un regimiento en la ciudad hacia donde nos dirigíamos y estaba volviendo de su primera licencia cuando ocurrió el fatídico accidente. Estaba preocupado porque dentro del micro incendiado estaba un bolso con sus pertenencias y el arma reglamentaria, por lo que suponía un conflicto con sus superiores. Le dije que, si servía de algo, estaba dispuesto a testificar en su favor, cosa que me agradeció con una generosa sonrisa.
Era el turno de Flor. Nos dijo que vivía con su madre desde que su padre las abandonó siendo pequeña. Aunque no tenía vaivenes ecónomicos graves, ya que su madre era profesional, sentía, a veces, un abandono hacia su persona, sobre todo cuando su progenitoria iniciaba una nueva relación sentimental. Indefectiblemente, remitía con sus abuelos maternos a la niña, para no sentirse obligada a prestarle atención. Flor adoraba a los padres de su madre, por lo que no representaba una incomodidad para ella venir a visitarlos. Toda su expresividad la volcaba en el arte, llegando a tener una formación bastante avanzada. Incluso, ya a su edad, había participado en diferentes muestras y concursos.
Por mi parte, les conté sobre mi familia, mostrándoles fotos de mi esposa e hijos que llevaba en la billetera. Incluso había una de mi perro Cuzco, que encantó a la muchacha. Sobre mi trabajo no quise ahondar, ya que, como solía ocurrirme, no son muchas las personas que logran interesarse sobre programas de gestión bancaria. Aún así, pude explayarme bastante debido a preguntas de mis oyentes, sobre todo de Manuel, quien en un momento reflexionó:
- Nacho, tu trabajo precisa de cierto análisis, ¿no?
- Así es -contesté categórico-. Aunque el programa de gestión está estructurado de forma tal que las variables están contenidas, a veces resulta que, debido a las particularidades de alguna sucursal nueva, hace falta un estudio de esas peculiaridades para elaborar un diagnóstico certero. ¿Por qué lo preguntás?
- Porque después de lo que pasamos en estas jornadas, pienso que hay cosas que no cierran y que se podría tratar de entenderlas deduciendo mediante un análisis.
Me sorprendió gratamente su propuesta, por lo que decidí que podríamos pensar entre los tres una aproximación a la dilucidación de la cuestión.
- De los diferentes hechos acaecidos, hay que buscar una relación entre ellos, que nos permitan elaborar una generalidad. Evidentemente, hay un cambio actitudinal en el comportamiento de las personas. Esto, sumado al mal funcionamiento de los artefactos, ocurrido en un tiempo similar, nos habla de cierta simultaneidad provocada exteriormente.
- Pero, ¿qué es lo que lo provoca? -preguntó Flor.
- Eso no lo sé -contesté-. Quizás sea un virus...
- Que no explicaría el que las cosas quedaran nulas -acotó certeramente Manuel.
- Es cierto -concedí-. De todas formas si un artefacto deja de funcionar es diferente a que una persona mute a una personalidad más agresiva, como hemos visto.
Flor desvió la mirada, como pensando, hasta que dijo:
- Yo me siento diferente.
- ¿En qué sentido? -quise saber.
- Ya te decía arriba del micro que tenía dificultad para bocetar un simple objeto, cosa que no representaba, hasta ahora, ningún problema para mí.
Hizo una pausa y agregó:
- Aparte hay otra cosa.
- ¿Qué es? -quisimos saber.
- No sé como explicarlo. Es una sensación rara, extraña. Es como... como...
- Como... -intenté animarla a decirlo.
- Presentimientos, eso. Flashes de cosas por suceder.
Nos dejó pensativos, hasta que Manuel manifestó:
- En mi caso también puedo decir que se operó un cambio. Anteriormente, en situaciones de tensión, afloraba en mí un tartamudeo, con el que debía lidiar para disimularlo frente a mis superiores, ya que hubiera jugado en mi contra. Desde el accidente no hubo ningún brote de esto, y eso que ocasiones de tensión no faltaron. Además, siempre tuve problemas para controlar mi peso y el comer era mi remedio frente a cuestiones estresantes. Desde ayer que no me ha asaltado ninguna tentación y puedo manejar la angustia.-Hizo una pausa- ¿Y vos, Nacho? ¿Te afectó en algo?
No podía comentarles (y menos a Flor), sobre mi reciente reacción perversa hacia la persona de la chica. Tampoco era de mi agrado relatarles las sensaciones cruzadas que sentí cuando tuve que matar a nuestro agresor al costado de la ruta o la pelea con Eloy. Igual pude rescatar algo para ejemplificar:
- Nunca fui una persona de iniciativa propia. Mi trabajo está tan sistematizado que las variaciones están contempladas, como les expliqué antes. En mi hogar, quien administra y conduce la casa es mi esposa. Soy de una personalidad más reflexiva, prudente, cauta. Pero en estos momentos siento dentro de mí un impulso nuevo, como una energía que me lleva a tomar decisiones rápidas y concretas, a elaborar soluciones drásticas. Me descubro más despierto y atento.
Manuel se desperezó un poco y agregó:
- O sea que se puede decir que el cambio para algunos fue para bien y que a otros les "pegó" mal.
Su rostro se ensombreció.
- Hay otro tema preocupante -dijo.
- ¿Cuál? -preguntó Flor.
- Los conejos.
Un escalofrio nos recorrió.
- Si -dije-. Es tenebroso el asunto. No sé si habrá afectado a otros animales.
- A las arañas parece que si -apuntó Flor.
La miramos extrañados y seguimos su vista hacia unas ramas por encima nuestro. Lo que apreciamos nos dejó confundidos. En lugar de una telaraña con su típico diseño exquisito, su estructura lógica y ordenada, había una expresión de caos y locura, como si un arácnido alcoholizado se hubiera obstinado en terminar una obra desquiciada y sin sentido.
Manuel se incorporó y, excusándose, se alejó alegando tener que ir al "baño". Flor, usando su mochila como almohada, se recostó en el suelo y al poco rato estaba dormitando. Yo apoyé mi espalda en el tronco del árbol que nos cobijaba y entrecerré los ojos un momento.
La mano de Manuel en mi hombro me sacó del ensimismamiento. Me hizo señas de que guardara silencio y me indicó que lo siguiera. Así lo hice hasta un claro en la arboleda y observé hacia donde me indicaba.
En una pequeña loma se veía, inmóviles, a tres adolescentes de unos dieciseis años, uno de ellos una chica. No era muy agraciada físicamente, pero tenía la belleza que otorga la juventud. Los dos muchachos iban con el torso descubierto y vestidos con jeans, únicamente. Se miraban fijamente, como listos para enfrentarse. La muchacha dio unos pasos hacia atrás y, a modo de señal de inicio, se desprendió una especie de túnica que vestía, quedando completamente desnuda. Los jóvenes se agazaparon y empezaron a girar, listos para atacarse. El más alto se lanzó hacia su oponente y lo derribó del topetazo. Luego se retiró hacia un costado, esperando la reincorporación del otro. Éste lo hizo rápidamente y atacó a la vez, haciéndole una toma que logró revolcar por el suelo a su adversario. El más bajo, pero más corpulento, parecía dominar la lucha. Estuvieron un rato, hasta que la chica se acercó a los contendientes, dando por finalizado el enfrentamiento. Los miró a ambos y luego se acercó al más bajo, dando a entender su veredicto. Lo tomó de la mano y lo condujo hacia una carpa pequeña que estaba montada detrás de ellos. No hacía falta ser adivino para saber cual sería el premio otorgado al vencedor. El perdidoso se sentó en el suelo, tomándose las rodillas y con una mirada lánguida en el rostro.
Íbamos a retirarnos, cuando se abrió la carpa y salió la muchacha, dirigiéndose hacia el joven sentado afuera. Cuando estuvo a su lado, le sonrió y le ofreció su mano. El muchacho se levantó mirándola asombrado y la acompañó hasta el interior del habitáculo, donde la princesa gozaría de sus dos caballeros.
Nos miramos con Manuel y sonreímos con satisfacción. Luego volvimos donde Flor.
Reiniciamos nuestra marcha con lo que, intuí, era un buen augurio. Dentro de la sinrazón desatada que nos inundaba, la escena que habíamos presenciado se me figuró como poesía.
Las cosas no irían mejor.
Fin del capítulo
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