martes 19 de agosto de 2008

Webisodio 5: POESÍA


Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad,
la segunda una erotización del lenguaje. (Octavio Paz)

Cercano al mediodía decidimos hacer un alto en nuestra marcha, para poder descansar antes de encarar el último tramo hacia nuestro objetivo: la ciudad. Una frondosa arboleda nos proveyó del refugio y la sombra necesaria. Decidimos comer y beber solo lo necesario para restituir fuerzas, no sabíamos cuando íbamos a poder reponer nuestras vituallas.
Mis compañeros de viaje estaban demacrados, abatidos. Se alimentaban mirando hacia ningún lado, absortos en sus pensamientos sobre lo acontecido. Flor tenía una expresión que denotaba un cambio con respecto a su infantil postura, como si hubiera madurado de golpe. Manuel, parecía tener el asombro en su rostro, además de una permanente tensión que lo hacía estar pendiente de todo lo que lo rodeaba. Me sentí con la responsabilidad de no acrecentar sus temores y demostrar una actitud positiva y resuelta, como para que se sintieran, en cierta forma, contenidos.
Me pareció que podíamos iniciar una charla que nos ayudara a conocernos mejor, ya que, indudablemente, nos íbamos a necesitar unos a otros en próximos eventos. Es por eso que propuse:
- Manuel, contanos algo de vos.
El muchacho terminó de tragar su ración y, entusiasmado, nos relató.
Su familia vino del interior a la capital, forzada por la situación económica. Sus padres, hasta donde pudieron, los sostuvieron a él y sus otros cinco hermanos (tres mayores que él) para el sustento y su educación. Llegado el momento, Manuel tuvo que salir a trabajar de diferentes cosas, hasta que se inscribió en la escuela de suboficiales del ejército y pudo egresar como cabo merced a su capacidad y empeño. Su primer destino fue un regimiento en la ciudad hacia donde nos dirigíamos y estaba volviendo de su primera licencia cuando ocurrió el fatídico accidente. Estaba preocupado porque dentro del micro incendiado estaba un bolso con sus pertenencias y el arma reglamentaria, por lo que suponía un conflicto con sus superiores. Le dije que, si servía de algo, estaba dispuesto a testificar en su favor, cosa que me agradeció con una generosa sonrisa.
Era el turno de Flor. Nos dijo que vivía con su madre desde que su padre las abandonó siendo pequeña. Aunque no tenía vaivenes ecónomicos graves, ya que su madre era profesional, sentía, a veces, un abandono hacia su persona, sobre todo cuando su progenitoria iniciaba una nueva relación sentimental. Indefectiblemente, remitía con sus abuelos maternos a la niña, para no sentirse obligada a prestarle atención. Flor adoraba a los padres de su madre, por lo que no representaba una incomodidad para ella venir a visitarlos. Toda su expresividad la volcaba en el arte, llegando a tener una formación bastante avanzada. Incluso, ya a su edad, había participado en diferentes muestras y concursos.
Por mi parte, les conté sobre mi familia, mostrándoles fotos de mi esposa e hijos que llevaba en la billetera. Incluso había una de mi perro Cuzco, que encantó a la muchacha. Sobre mi trabajo no quise ahondar, ya que, como solía ocurrirme, no son muchas las personas que logran interesarse sobre programas de gestión bancaria. Aún así, pude explayarme bastante debido a preguntas de mis oyentes, sobre todo de Manuel, quien en un momento reflexionó:
- Nacho, tu trabajo precisa de cierto análisis, ¿no?
- Así es -contesté categórico-. Aunque el programa de gestión está estructurado de forma tal que las variables están contenidas, a veces resulta que, debido a las particularidades de alguna sucursal nueva, hace falta un estudio de esas peculiaridades para elaborar un diagnóstico certero. ¿Por qué lo preguntás?
- Porque después de lo que pasamos en estas jornadas, pienso que hay cosas que no cierran y que se podría tratar de entenderlas deduciendo mediante un análisis.
Me sorprendió gratamente su propuesta, por lo que decidí que podríamos pensar entre los tres una aproximación a la dilucidación de la cuestión.
- De los diferentes hechos acaecidos, hay que buscar una relación entre ellos, que nos permitan elaborar una generalidad. Evidentemente, hay un cambio actitudinal en el comportamiento de las personas. Esto, sumado al mal funcionamiento de los artefactos, ocurrido en un tiempo similar, nos habla de cierta simultaneidad provocada exteriormente.
- Pero, ¿qué es lo que lo provoca? -preguntó Flor.
- Eso no lo sé -contesté-. Quizás sea un virus...
- Que no explicaría el que las cosas quedaran nulas -acotó certeramente Manuel.
- Es cierto -concedí-. De todas formas si un artefacto deja de funcionar es diferente a que una persona mute a una personalidad más agresiva, como hemos visto.
Flor desvió la mirada, como pensando, hasta que dijo:
- Yo me siento diferente.
- ¿En qué sentido? -quise saber.
- Ya te decía arriba del micro que tenía dificultad para bocetar un simple objeto, cosa que no representaba, hasta ahora, ningún problema para mí.
Hizo una pausa y agregó:
- Aparte hay otra cosa.
- ¿Qué es? -quisimos saber.
- No sé como explicarlo. Es una sensación rara, extraña. Es como... como...
- Como... -intenté animarla a decirlo.
- Presentimientos, eso. Flashes de cosas por suceder.
Nos dejó pensativos, hasta que Manuel manifestó:
- En mi caso también puedo decir que se operó un cambio. Anteriormente, en situaciones de tensión, afloraba en mí un tartamudeo, con el que debía lidiar para disimularlo frente a mis superiores, ya que hubiera jugado en mi contra. Desde el accidente no hubo ningún brote de esto, y eso que ocasiones de tensión no faltaron. Además, siempre tuve problemas para controlar mi peso y el comer era mi remedio frente a cuestiones estresantes. Desde ayer que no me ha asaltado ninguna tentación y puedo manejar la angustia.-Hizo una pausa- ¿Y vos, Nacho? ¿Te afectó en algo?
No podía comentarles (y menos a Flor), sobre mi reciente reacción perversa hacia la persona de la chica. Tampoco era de mi agrado relatarles las sensaciones cruzadas que sentí cuando tuve que matar a nuestro agresor al costado de la ruta o la pelea con Eloy. Igual pude rescatar algo para ejemplificar:
- Nunca fui una persona de iniciativa propia. Mi trabajo está tan sistematizado que las variaciones están contempladas, como les expliqué antes. En mi hogar, quien administra y conduce la casa es mi esposa. Soy de una personalidad más reflexiva, prudente, cauta. Pero en estos momentos siento dentro de mí un impulso nuevo, como una energía que me lleva a tomar decisiones rápidas y concretas, a elaborar soluciones drásticas. Me descubro más despierto y atento.
Manuel se desperezó un poco y agregó:
- O sea que se puede decir que el cambio para algunos fue para bien y que a otros les "pegó" mal.
Su rostro se ensombreció.
- Hay otro tema preocupante -dijo.
- ¿Cuál? -preguntó Flor.
- Los conejos.
Un escalofrio nos recorrió.
- Si -dije-. Es tenebroso el asunto. No sé si habrá afectado a otros animales.
- A las arañas parece que si -apuntó Flor.
La miramos extrañados y seguimos su vista hacia unas ramas por encima nuestro. Lo que apreciamos nos dejó confundidos. En lugar de una telaraña con su típico diseño exquisito, su estructura lógica y ordenada, había una expresión de caos y locura, como si un arácnido alcoholizado se hubiera obstinado en terminar una obra desquiciada y sin sentido.

Manuel se incorporó y, excusándose, se alejó alegando tener que ir al "baño". Flor, usando su mochila como almohada, se recostó en el suelo y al poco rato estaba dormitando. Yo apoyé mi espalda en el tronco del árbol que nos cobijaba y entrecerré los ojos un momento.
La mano de Manuel en mi hombro me sacó del ensimismamiento. Me hizo señas de que guardara silencio y me indicó que lo siguiera. Así lo hice hasta un claro en la arboleda y observé hacia donde me indicaba.
En una pequeña loma se veía, inmóviles, a tres adolescentes de unos dieciseis años, uno de ellos una chica. No era muy agraciada físicamente, pero tenía la belleza que otorga la juventud. Los dos muchachos iban con el torso descubierto y vestidos con jeans, únicamente. Se miraban fijamente, como listos para enfrentarse. La muchacha dio unos pasos hacia atrás y, a modo de señal de inicio, se desprendió una especie de túnica que vestía, quedando completamente desnuda. Los jóvenes se agazaparon y empezaron a girar, listos para atacarse. El más alto se lanzó hacia su oponente y lo derribó del topetazo. Luego se retiró hacia un costado, esperando la reincorporación del otro. Éste lo hizo rápidamente y atacó a la vez, haciéndole una toma que logró revolcar por el suelo a su adversario. El más bajo, pero más corpulento, parecía dominar la lucha. Estuvieron un rato, hasta que la chica se acercó a los contendientes, dando por finalizado el enfrentamiento. Los miró a ambos y luego se acercó al más bajo, dando a entender su veredicto. Lo tomó de la mano y lo condujo hacia una carpa pequeña que estaba montada detrás de ellos. No hacía falta ser adivino para saber cual sería el premio otorgado al vencedor. El perdidoso se sentó en el suelo, tomándose las rodillas y con una mirada lánguida en el rostro.
Íbamos a retirarnos, cuando se abrió la carpa y salió la muchacha, dirigiéndose hacia el joven sentado afuera. Cuando estuvo a su lado, le sonrió y le ofreció su mano. El muchacho se levantó mirándola asombrado y la acompañó hasta el interior del habitáculo, donde la princesa gozaría de sus dos caballeros.
Nos miramos con Manuel y sonreímos con satisfacción. Luego volvimos donde Flor.

Reiniciamos nuestra marcha con lo que, intuí, era un buen augurio. Dentro de la sinrazón desatada que nos inundaba, la escena que habíamos presenciado se me figuró como poesía.
Las cosas no irían mejor.

Fin del capítulo

Capítulo Completo

lunes 11 de agosto de 2008

Webisodio 4: PIEDAD



Quien es piadoso con los crueles acaba por ser cruel con los piadosos.
(Talmud)

- Ni se te ocurra.
Dije esto a Eloy plantándome en el marco de la puerta, con toda la firmeza posible. Manuel ya se encontraba a mis espaldas, por lo que decidí dejarlo pasar a mi lado.
El hombre nos miró moviendo levemente su cabeza. Su mirada denotaba cansancio y tristeza. Pero fue un instante, porque pronto recobró el semblante enajenado.
- ¿Qué pasa, muchachos? ¿Quieren a la piba para ustedes solos? –preguntó sonriendo maliciosamente.
Flor continuaba acurrucada en la cama, abrazando su mochila, muerta de miedo. Le hablé serenamente:
- Tranquila, nena. No te va a pasar nada.
No contestó, mientras seguía mirando aterrada al dueño de casa. Éste, girando su cuerpo hacia nosotros, exclamó:
- ¿Y quién va a impedir que le pase algo?
Manuel había empezado a moverse hacia la derecha del tipo, mientras yo hacía lo mismo, pero para el lado contrario. Eloy nos seguía, alternadamente, con la mirada.
- Será mejor que te retires del cuarto y dejes que nos vayamos –sugerí.
- No hay donde ir –respondió.
Manuel ya estaba lo suficientemente cerca como para saltarle encima. Cuando así ocurriera, entre los dos podríamos reducirlo. Resolví entretenerlo para que fijara su vista en mí.
- Está bien, Eloy. Solo te pido que arreglemos esto entre nosotros, afuera de la habitación.
- No me vengas con esas…
No terminó la frase. Manuel había tomado impulso y se lanzó contra el costado del hombrón. Antes de que siquiera pudiera tocarlo, Eloy giró y con el dorso de su mano golpeó el rostro del muchacho. El manotazo lo envió sobre una mesa-escritorio, cayéndole encima. La cabeza de Manuel impactó en el borde del mueble, dejándolo semiinconsciente. Flor dejó escapar un grito.
El hombre me enfrentó.
- ¡Ja! No les va a resultar fácil conmigo. Después que termine con vos, sigue la pendeja.
Y encaró hacía mi.
En fracción de segundos decidí como obrar. Hace bastante tiempo, un amigo de mi hermano mayor me había enseñado algunas tomas simples de Aikido, donde se usa la fuerza del oponente en nuestro beneficio. Las había practicado con éxito con mis amigos en infinidad de ocasiones y nunca fallaban. Pero esta vez iba en serio.
Tenía que dejar que me tomara del cuello, con lo que debería hacer fuerza hacia abajo. Siguiendo esa dirección, debía dejarme caer, a la vez que, tomándolo por entre medio de las piernas, le daría un envión derribándolo.
Agaché la cabeza y lo embestí. Como preveía, me abrazó con su mano izquierda por el cuello, apretando fuertemente y tirando hacia el piso. Me dejé caer y, cuando iba a pasar mi mano izquierda por entre sus muslos, la mala fortuna hizo que resbalara, dando con mi espalda en el suelo. Eloy trastabilló y me cayó encima. Dejé escapar un gemido.
Su brazo seguía alrededor de mi cuello, mientras su mano tomaba mi lado izquierdo. Mi costado derecho estaba aprisionado con su cuerpo, por lo que estaba prácticamente inmovilizado. Además él tenía libre su mano derecha. Cuando me preparaba para recibir una andanada de puñetazos, el hombre no tuvo mejor idea que comenzar a hurgar en mi rostro con sus dedos. Parecía como si quisiera sacarme los ojos con su mano. El dolor era insoportable. Yo cerraba, instintivamente, mis párpados, pero él seguía rasguñando como poseído. En un momento su pulgar se introdujo en mi boca, por lo que, sin dudar, apreté los dientes frenéticamente.
Eloy emitió un grito y la presión sobre mi aflojó. Aproveché la ocasión y pude destrabarme de esa posición. Me incorporé tambaleando y refregando mis ojos dañados, sobre todo el izquierdo. Traté de visualizar mejor la situación y vi como el hombre, tomándose el dedo herido, también se estaba levantando, aunque más trabajosamente. Rápidamente me aproximé y, tomándolo del cabello, le apliqué dos rodillazos en plena cara. Se oyó un ruido de hueso roto y Eloy cayó hacia atrás con el rostro cubierto de sangre.
Fui a verlo a Manuel que se encontraba recostado sobre el mueble, un poco mareado. Con lo poco que veía alcancé a vislumbrar a Flor como completaba de vestirse. El muchacho tenía un buen golpe sobre la frente, pero no era de cuidado. Mientras trataba de enfocar mejor, me limpie los ojos del sudor y la sangre. Cuando pude ver mejor, Manuel abría extremadamente sus ojos, mirando tras de mi. Giré rápidamente y vi como se nos venía encima Eloy armado con su machete. No iba a ver tiempo para nada. Levanté mi brazo derecho para atajar el golpe. En eso sonó una explosión.
Eloy quedó inmóvil un momento, soltó el machete, se miró a un costado y de un pequeño agujero comenzó a salirle sangre. Cayó de rodillas y luego sobre su lado izquierdo, para terminar de espaldas y tomándose el sector afectado.
En la cama, Flor estaba sosteniendo una pistola humeante con las dos manos y con la mirada perdida. Me le acerqué, tomé el arma y se la entregué a Manuel, quien le puso el seguro. Flor me miró y me dijo:
- No pude usarla antes, no me animé. Pero ahora cuando vi que los iba a golpear, supe que hacer.
Y sollozando me abrazó. Le acaricié la cabeza e, intentando consolarla, le dije:
- Está bien, nos salvaste. Ahora debemos irnos. Vayamos hacia la sala y preparémonos.
La pistola resultó ser la que usó la mujer que se suicidó en el disturbio del micro. Flor (nos relató luego) la había tomado del suelo y guardado en su mochila.
Mientras Manuel la llevaba al baño para que se asearan, me fijé en el hombre en el suelo. Hizo una media sonrisa, mezcla de dolor y resignación:
- No sé que me pasó, no entiendo, yo no soy así.
Un gesto de dolor acompañó sus dichos. Me arrimé y vi la herida. Parecía grave. Le alcancé una sábana para que hiciera presión sobre la misma y contuviera la hemorragia.
- Apenas podamos, vamos a enviar un médico. Acá no podemos hacer nada. Eso lo entendés, ¿no?
Asintió calladamente.
Fui para la sala dispuesto a organizar nuestra partida. Flor y el muchacho estaban mirando absortos, desde la puerta del baño, hacia el centro de la sala. Tres conejos grises estaban observándolos sin hacer ningún tipo de movimiento. Posiblemente habían roto alguna ventana para ingresar. Les hice señas a mis acompañantes para que se acercaran a mi y juntos fuimos hasta la habitación donde estaba Eloy.
- No podemos quedarnos. Debemos salir como sea. Hay que estar preparados para defendernos si nos atacan. Manuel tiene el arma, yo voy a tomar una cuchilla de la cocina. Flor, quedate detrás de nosotros. Tomemos las provisiones que podamos y salgamos cuanto antes.
Me arrimé a Eloy y le alcancé su machete.
- Tratá de resistir hasta que mandemos a alguien.
Me agradeció con la mirada.
Cuando estuvimos listos encaramos para la puerta del frente. Los tres conejos permanecían inmóviles. Pasamos por el costado de ellos y salimos. Había una docena más de estos animales, quietos, acechando. Con Manuel nos preparamos para defendernos, pero Flor habló:
- No quieren hacernos daño, no vienen por nosotros.
Fuimos esquivándolos y, ciertamente, ni se percataron de nuestra presencia. Comenzamos a apurar el paso. Cuando volteamos a ver que hacían, se estaban metiendo en la casa por diferentes aberturas.
En el momento en que estábamos a unos treinta metros del lugar, oímos los gritos desgarradores de Eloy. Continuamos nuestra huida, convencidos de la suerte que había corrido el hombre. Por la mirada de los otros dos, supe que teníamos el mismo sentimiento de piedad hacia la persona que terminaba su existencia de una forma extraña y brutal.

Fin del capítulo


Capítulo Completo

lunes 4 de agosto de 2008

Webisodio 3: FE


Tener fe significa no querer saber la verdad.
(Friedrich Nietzsche)

Cuando estimamos haber dejado atrás el peligro, decidimos hacer un alto para determinar qué hacer. Hicimos un recuento de las magras provisiones con las que contábamos: Flor tenía en su mochila medio paquete de galletitas y una botella chica de agua mineral (con más de la mitad de líquido); Manuel solo traía su reloj a cuerda y los prismáticos prestados por una pasajera; por mi parte, había bajado del micro con mi bolso de viaje conteniendo la notebook, un libro y papeles del trabajo.
Comimos dos galletitas cada uno con un sorbo de agua, ya que no sabíamos cuanto deambularíamos hasta encontrar refugio.
Con Manuel tratamos de orientarnos.
- Deberíamos seguir hacia el noreste -sugirió el muchacho.
- Si, pero sin acercarnos a la ruta, no sabemos con qué nos podemos encontrar -respondí seguro.
- Ok, descansemos un poco y reiniciemos cuando caiga el sol. Estará más fresco.
- No me parece. Nos puede agarrar la noche en medio de la nada. Más vale sigamos un poco más. Algún rancho o estancia debe haber en la zona.
- Pero si no encontramos nada, vamos a estar muy cansados y tendremos que pasar la noche a la intemperie.
Lo miré y le hice una media sonrisa:
- Nos arriesgaremos.
Eran cerca de las 18:30. En dos horas sería oscuridad total. Caminamos en silencio y a paso firme. En determinados puntos del horizonte se distinguían nubes de humo y en otros se veía revolotear aves carroñeras.
Cuando el sol comenzaba a ponerse, Manuel tomó los prismáticos y observó en todas direcciones.
- ¿Nada? -pregunté.
- Nada.
Miré a Flor para preguntarle si podía caminar un poco más. Estaba observando hacia nuestra derecha. Un bulto oscuro, a unos cien metros, estaba echado sobre el terreno y otras figuras se movían en torno a él. Le pedí a Manuel que enfocara en esa dirección, aunque no había mucha visibilidad.
- Parece... no se distingue bien... ¿Conejos?
Pero yo ya estaba mirando en la dirección contraria.
- Allá -indiqué.
Lo que parecía una pequeña luz resaltaba en la incipiente oscuridad.

Ya las estrellas estaban a la vista cuando llegamos a la casa. Era una especie de rancho, pero más grande. A pesar de su aspecto deteriorado parecía acogedor, aunque a estas alturas cualquier tapera asemejaría a un palacio. Golpeando las palmas, dimos a conocer de nuestra presencia. Al rato, desde dentro se oyó la voz de un hombre:
- ¡¿Qué quieren?!
Sonaba fastidioso.
- Disculpe señor -expliqué-, pero tuvimos un accidente y necesitamos pasar la noche bajo techo. Mañana seguiremos viaje a la ciudad.
- La ciudad no existe -respondió.
Nos miramos perplejos. Insistí.
- Mire señor, no sé porque lo dice pero si nos da cobijo, se lo agradeceríamos profundamente.
Una pausa.
- ¿Tienen plata?
- ¿Cómo dice?
- Plata, dinero, guita... ¿Tienen?
Lo miré a Manuel.
- Tengo cincuenta pesos, hasta el día de cobro, a fin de mes -me dijo, como disculpándose.
- Está bien, yo debo tener doscientos en efectivo...
- Yo tengo veinte -dijo tímidamente Flor.
Le sonreí.
- Señor, podemos darle doscientos pesos, no más que eso.
Otra pausa.
La puerta se entreabrió y se vio la figura recortada de un hombre de más o menos mi estatura, pero el doble de mi ancho. Tenía un machete en su mano.
- Pasen y no hagan mucho ruido.
El interior estaba ordenado y limpio, a pesar del abandono reinante afuera. Había velas y lámparas a kerosén por todas partes, además de múltiples estampas religiosas. El hombre se presentó:
- Mi nombre es Eloy y esta es mi casa. No es muy cómoda, pero les servirá. ¿Qué hacen por acá?
Le relatamos los últimos acontecimientos mientras escuchaba con suma atención. Cuando terminamos, dijo:
- Acá también pasaron cosas extrañas. Pero antes de relatarles, vayan a asearse que les serviré algo para comer.
Mientras esperábamos que Flor saliera del baño, el dueño de casa, mientras servía unos magros pero tentadores sandwiches, nos contó:
- Esta mañana me levanté como siempre a las cinco de la mañana. Desayuné y me fui preparando para las tareas, con un terrible dolor de cabeza que no se me fue tomando un analgésico. Ni bien amaneció, fui a darles de comer a mis animales. Tengo de varias clases, con lo que su venta me ayuda a vivir. Había como un clima raro en ellos, como nerviosos, desorientados, uno lo nota después de tanto tiempo en esto. El problema surgió cuando fui a abrir las jaulas de los conejos para limpiarlas y alimentarlos. Estaban quietos, estáticos, como al acecho. Al abrir la primera, los tres animales saltaron sobre mí.
Nos miramos con Manuel, asombrados.
- Asi como les digo muchachos. Se me tiraron encima y empezaron a morderme como poseídos. Miren las marcas.
Y nos mostró parte de su cuello, debajo de la barba. Pequeñas heridas resaltaban.
- Conseguí sacármelos de encima y, muerto de miedo, corrí para la casa, perseguido por estas fieras. Desde la ventana observé como el resto de los orejudos embestían sus jaulas hasta hacerlas caer y abrirlas al golpear en el suelo. Incluso, los que no lograron liberarse asi, la emprendieron con los dientes sobre el alambre tejido de las paredes de las jaulas, logrando salir. Comenzaron a atacar a los otros animales. Yo no podía creer lo que presenciaba. No solo la ferocidad conque se manejaban, sino, y esto es lo más alarmante...
Hizo una pausa mirando al vacío.
- ¿Qué es lo más alarmante, Eloy? -pregunté ansioso.
Me miró con ojos cansados y tristes.
- Se los estaban comiendo.
- ¿Quién a quién? -preguntó Manuel.
Eloy suspiró.
- Los conejos se comían a los otros animales.
Manuel dio un respingo.
- Pero... los conejos comen verduras, son... son...
- Herbívoros -dijo Flor, desde la puerta del baño.
El hombre volvió a mirar al frente.
- Éstos no.

Mientras terminábamos de comer, decidí darle el dinero a Eloy, para evitar malentendidos.
- Esto es lo que acordamos, ¿no?
- Está bien, muchachos -dijo, agarrando el dinero.
Pareció pensar lo que iba a decir a continuación:
- Algo más me pasó.
- ¿Qué fue? -preguntó Flor.
Se acomodó en su asiento.
- Yo nunca fui creyente. Mi esposa, que en paz descanse, era la religiosa. A veces discutíamos sobre el tema, pero nos soportábamos tal cual éramos. Ni en los peores momentos sentí necesidad de recurrir a la religión. Pero hoy, sentí algo dentro mío, como una necesidad espiritual.
- Quizás el miedo, la situación... -acoté.
- No Ignacio, fue algo más. Fue como si siempre hubiera creído. No fue una conversión por las circunstancias. Fue un cambio general, una revelación. Una catarata de Fe.
De golpe entendí la profusión de imágenes religiosas en la casa y se lo hice saber.
- Las tenía guardadas en una caja, luego que falleció mi mujer. En fin.
Se golpeó las piernas y se levantó de golpe.
- Bueno, ya es tarde y ustedes y yo debemos descansar. Ustedes dos, muchachos, acomódense en la sala en los sillones. La piba que vaya al cuarto que era de mi hijo, que está trabajando en la capital. Cualquier cosa me llaman.
Y se retiró a su cuarto.
Acompañé a Flor sosteniendo dos lámparas y, dejándole una para que se alumbrara, al retirarme le tomé la cabeza con la mano libre y le di un beso en la frente:
- No te preocupés. Mañana vamos a estar en la ciudad y te voy a ayudar a encontrar a los tuyos, ¿si?
Me sonrió y, con los ojos con sueño y un poco llorosos, me contestó
- Bueno, gracias. Hasta mañana.
Y cerré la puerta.
Manuel se estaba acomodando cuando volví a la sala. Le hablé en voz baja:
- Vamos a hacer esto: yo me voy a quedar despierto montando guardia, por las dudas. En tres horas te despierto y me reemplazás, ¿estamos?
El muchacho entendió que era lo más sensato y asintió.

Luego de mi turno, y sin haber novedades, desperté a Manuel y me acomodé a tratar de descansar, mientras él se desperazaba y se disponía a controlar. Creo que me dormí al instante de apoyar la cabeza.
Soñé con mi casa, mis hijos que salían a recibirme, mi esposa que me abrazaba tiernamente. Qué bien se sentía estar en sus brazos, que calma. Entrecerraba los ojos para disfrutar el momento. Cuando los abrí, Flor estaba detrás de Sofía agitando las manos y abriendo la boca, pero sin emitir sonido. No entendía que hacía en mi casa, en ese momento, quería ayudarla, pero Sofía me retenía. Flor seguía gesticulando cada vez más desesperada.
Me desperté sobresaltado y sudando. Manuel dormitaba plácidamente. Lo sacudí fuertemente.
- ¡Boludo! ¡Te dormiste!
El muchacho se incorporó asustado.
- ¿Qué? ¿Quién?
Estaba por abofetearlo cuando creí escuchar un gemido.
- ¡Flor! -grité yendo corriendo para su cuarto.
Abrí violentamente la puerta y la imagen me paralizó.
Flor estaba acurrucada en una esquina de la cama, tapándose con la sábana, con el rostro cubierto de terror y sin poder articular una palabra. Al pie del lecho, mirándola con ojos extraviados,
estaba Eloy parado y vestido solamente con su ropa interior.

Fin del capítulo



Capítulo Completo

lunes 28 de julio de 2008

Webisodio 2: VOLUNTAD



Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.

(Albert Einstein)

A la par que crecía en mí un impulso sexual aberrante, una fuerza interior se alzaba en contra de esa reacción instintiva. Sentí como mi voluntad dominaba lo pasional y, dueño de mi, encaré la situación imperante.
El fuego se había adueñado de nuestro transporte y la explosión de su tanque provocó nuevos estragos. Tomé de los hombros a Flor y le dije:
- Debemos ayudar a los sobrevivientes.
Asintió con los ojos llorosos.
A través del humo, los restos de cuerpos calcinados y algunos despojos que se arrastraban, nos abocamos a rescatar a los que pudimos. En una loma al costado de la autopista, a unos cincuenta metros de donde estábamos, hicimos una especie de campamento. Habíamos quedado unas veinte personas, entre heridos y los que permanecimos ilesos. Un hombre recorría el lugar asistiendo a quien lo necesitara, dando indicaciones que denotaban un conocimiento médico. Cuando estuvo cerca, le hablé, extendiendo mi mano:
- Hola, soy Ignacio, ¿necesitás ayuda?
El hombre hizo una media sonrisa, como resignado, al corresponder mi saludo.
- Si, gracias. Soy Mauricio. Necesito trasladar a algunos heridos para tenerlos todos en un mismo lugar.
- ¿Sos médico?
- No, ni ahí.
- Ah, enfermero.
- No, nada.
- Pensé que... como te vi...
- No, nunca. De repente supe qué hacer, no me preguntés cómo, pero lo supe.
Dejé para más adelante desentrañar la cuestión y, pidiéndole a Flor que no se alejara de mi vista, comencé a ayudar a Mauricio.
Se nos sumó a la tarea Manuel, un suboficial del ejército de unos veintiún años, quien volvía de una licencia. Mientras cargábamos un señor con las piernas lastimadas, cambiamos impresiones sobre lo ocurrido:
- Fue bastante extraño todo, ¿no? -dijo a modo de consulta Manuel.
- Si, raro, como una psicosis colectiva -aventuró Mauricio.
- Asi es, pero no sólo resultó afectada la gente -acoté-. Fíjense, los vehículos, los celulares, relojes...
- Bueno, el mío si anda. Son las 13:35 -dijo Manuel levantando su mano.
Nos sorprendimos con Mauricio, pero no tardó el muchacho en aclarar:
- Es un reloj a cuerda que me regaló mi abuelo. Todavía anda.
Y estiró la mano para mostrárnoslo. En ese instante, hacia nuestra derecha, una mujer rubia, alta, con la cara manchada de sangre, se incorporó y se dirigió a nosotros con lo que parecía una piedra en la mano, exclamando:
- ¡Herejes! ¡Herejes!
No nos iba a dar tiempo para protegernos, ya que, para eso, debíamos soltar al herido. Cuando ya la teníamos encima, se oyó:
- ¡No!
Era Flor, quien desde atrás nuestro la había visto venir a la agresora. La mujer desvió la vista, miró extrañada a la muchacha, pero siguió su marcha.
- ¡Dije no! -gritó nuevamente Flor.
La mujer se quedó inmóvil, dejó caer la piedra y luego se sentó en el suelo, con la vista perdida.
Dejamos al herido junto a los otros y me dirigí a conversar con Flor sobre lo acaecido. Pero no llegué a hacerlo. Algo había captado nuestra atención.
A lo lejos, en la ruta, se veía venir un grupo de gente en lo que parecían carros.
- No se alcanza a distinguir quienes son - dijo Manuel.
- Pruebe con esto -dijo una señora alcanzándole unos prismáticos- Los uso para el teatro -aclaró.
Manuel enfocó y me los pasó.
- Son bastantes.
- Quizás tengan agua y puedan ayudarnos -agregó Mauricio.
Estaban a unos trescientos metros de nosotros y pude distinguir, al ver su cuello blanco, quien los guiaba.
- Es un cura. Va en el primer carro.
Efectivamente, un sacerdote de más o menos mi edad, robusto, comandaba, sentado en un carro conducido por una mujer, a todo el gentío detrás suyo. Éstos se trasladaban o bien en carros o en bicicletas, pero la mayoría iba a pie. Serían unos cincuenta, entre hombres y mujeres.
Cuando estuvieron cerca de los vehículos incendiados, Mauricio nos habló:
- Voy a ir a verlos, para pedirles ayuda. Quédense con los demás. Volveré enseguida.
Y bajó la loma resuelto.
Flor estaba bastante seria cuando dijo:
- No me gusta.
Traté de tranquilizarla:
- Está bien, no va a pasar nada malo.
- No me gusta -repitió, mirándome asustada.
Con señas, Mauricio llamó la atención de los recién llegados. Saludando, se dirigió a donde estaba el cura, quien lo miraba desde arriba del carro. Desde nuestro lugar no se escuchaba el diálogo, pero se veía a Mauricio gesticular y señalar hacia la loma donde estábamos. La gente que lo rodeaba empezó a revisar los restos desperdigados. Era una especie de saqueo que empezó a intranquilizarnos. En un momento el cura se incorporó de su asiento y se lo vio dar una orden a un allegado suyo, un hombre inmenso que portaba lo que parecía un trozo de caño a modo de garrote. Éste se arrimó por detrás a Mauricio y descargó un golpe sobre su cabeza, derribándolo.
Quedamos mudos de la sorpresa, la que rápidamente fue reemplazada por el miedo, cuando vimos al cura señalar hacia nosotros e indicarles a los demás que vinieran por nosotros.
El pánico nos envolvió. Tomando la mano de Flor, la arrastré conmigo para echar a correr juntos. Debíamos ponernos a salvo de la turba que se aproximaba cada vez más. Los heridos fueron olvidados, cada cual estaba por su cuenta. Bajamos el otro lado de la loma a los tropezones, lastimándonos más de una vez con el terreno agreste. Hacia nuestra derecha, vimos como Manuel chocaba con algo y daba con su cuerpo en el suelo. Cuando se levantaba, fue embestido desde atrás por una figura oscura. Era uno de los saqueadores, quien, armado con una faca, le había dado alcance.
Dudé entre seguir corriendo para poner más distancia con los atacantes o ayudar al muchacho. Mi instinto me decía que lo dejara a su suerte, pero otra vez mi voluntad pudo contra esa sensación y, señalándole a Flor un árbol donde refugiarse, corrí en auxilio de Manuel.
El agresor estaba sentado encima del muchacho, quien ya no podía oponer más resistencia. Cuando alzó la mano con la faca para clavarla en el cuerpo del infortunado, se la sujeté con mi mano derecha lo más fuerte que pude, mientras con la izquierda atenazaba su cuello, tirando hacia mi. Fue tal el envión y mayor la sorpresa del ahora agredido que, cuando cayó encima mío, no podía moverse cómodamente. Aproveché su desconcierto, doblé su mano y, dirigiéndola con toda mi fuerza a su pecho, clavé la faca repetidas veces.
Un grito desgarrador retumbó en mi cabeza. Lo había emitido yo a modo de descarga, pero parecía venir de otra persona, alguien desconocido para mi hasta el momento.
Manuel me ayudó a retirar el cadáver de encima y nos dirigimos al trote a buscar a Flor.
Yo estaba temblando por lo ocurrido y con los ojos llorosos, tomé la mano de la muchacha para irnos. Ella agarró la mía con las dos suyas y me dijo, sonriendo apenas:
- Tranquilo Nacho, ya está, ya pasó. Hiciste lo que debías.
Una paz interior recorrió mi ser que logró restablecerme y recobrar el dominio de mi mismo. Lo miré a Manuel y le indiqué:
- Debemos alejarnos cuanto antes de acá.
Y empezando
a correr los tres, nos internamos en la espesura.

Fin del capítulo



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jueves 17 de julio de 2008

Webisodio 1: GÉNESIS

Para mi Nin y Stella, quienes creen en mi y
a María: gracias por las correcciones.


He matado tres veces desde que empezó todo.
Y, quizás, tenga que volver a hacerlo. Pero eso no importa demasiado en la actualidad. Las cosas son diferentes ahora, todo está dado vuelta. La vida, nuestro mundo, tal como los conocíamos, se fueron. Vivimos un nuevo comienzo, otro Génesis.
Hace tiempo que ocurrió el cambio, pero recién ahora nos vamos percatando de ello. Ya no soy el que era. De introvertido crónico pasé a liderar un grupo humano, de pobre en iniciativas muté a un generador de soluciones, de reprimido consciente cambié por una desinhibición frontal. Y lo mejor (o peor) es que me gusta cómo soy ahora.

Me llamo Ignacio (Nacho), tengo cuarenta años, era (soy) analista de sistemas bancarios y viajaba frecuentemente a las distintas sucursales para poner a punto programas de gestión. Estoy casado desde hace once años con Sofía y tengo dos hijos: Micaela de diez y Francisco de seis.
No tengo la más mínima idea de dónde se encuentran los tres. Sólo vivo para encontrarlos y, así, protegerlos. Aunque todavía no sé de qué debo cuidarlos.
El día del cambio volvía de la capital hacia mi ciudad en un micro de larga distancia. Había podido solucionar un par de problemas en tres sucursales (cosa que justificaba mi viaje) y no veía la hora de llegar a mi hogar. Siempre es así: lo que uno ansía verdaderamente todo el tiempo es volver a lo predecible, a lo seguro, a la tranquilidad que nos brinda lo conocido. Tres paquetes en el baúl del coche, envueltos para regalo, atenuarían la separación con los míos.
Como no puedo dormir cómodo en los micros, decidí partir después de desayunar en el hotel donde suelo recalar y así poder viajar en la mañana. La lectura en mi notebook de un libro de Carl Sagan (El cerebro de Broca) me entretuvo buena parte del camino, hasta que una sensación interna logró desconcentrarme, con lo cual tuve que abandonar la idea de terminar un nuevo capítulo.
Mi acompañante, una mujer de unos treinta y cinco años, dormitaba del lado de la ventanilla. Se la veía intranquila. Por su vestimenta y apariencia daba la impresión de ser perteneciente a los Testigos de Jehová. Mientras la observaba, me llamó la atención que al costado de la autopista una decena de conejos miraran absortos el tráfico.
De nuevo la sensación extraña.
Del otro lado del pasillo, una chica de no más de catorce años, trataba infructuosamente de dibujar, en un block borrador con pocas hojas libres, algo que parecía un animalito.
Me sorprendí observándola. Debajo de su gorra blanca, asomaba un pelo castaño lacio. Llevaba puestos una remera celeste holgada que impedía entrever su contextura, un jean oscuro, una campera al tono y zapatillas negras.
Me acomodé mejor y, girando, le pregunté:
- ¿Qué dibujás?
La muchacha movió los ojos hacia mí y, resoplando, dijo:
- Intento hacer un conejo, pero no me sale. Y ése es el problema, nunca se me complicó tanto un dibujo. No sé qué me pasa.
- Soy Nacho -dije sonriendo.
- Florencia, Flor -sonrió a la vez.
- ¿Sos de la capital?
- Sí, viajo a ver a mis abuelos. Están esperándome en la estación de colectivos. ¿Vos?
- Estoy volviendo a mi ciudad -hice una pausa- ¿Sabés? yo también dibujo un poco. Tengo un par de trabajos en la notebook, ¿querés verlos?
- Dale -se animó Flor.
Me refregué los ojos, como sacándome una idea y busqué en los archivos. No tardé demasiado en encontrarlos.
- Acá están -y volteé la máquina para que viera.
En ese instante pasó.

Fue todo al mismo tiempo. Mi compu se apagó, sentimos un sacudón, una frenada que nos proyectó hacia adelante, un zigzagueo y luego nos detuvimos. A menos de un metro se veía, por el parabrisas delantero, la parte de atrás de un camión que transportaba combustible.
Cuando pudimos recuperarnos y estabilizarnos, nos percatamos de que por poco habíamos escapado de una tragedia. El acompañante del chofer preguntó en voz alta cómo nos encontrábamos y, al notar todo en orden, le dijo al chofer que le abriera para ir a ver qué había ocurrido con el camión.
El chofer, entretanto, pugnaba por encender nuevamente el coche, infructuosamente. Del fondo del vehículo se oyó una voz fastidiosa:
- ¡¡Dale flaco!! ¡¡Tengo que llegar a horario!!
El chofer ni respondió y siguió intentando. Quien emitiera el reclamo fue arrimándose hacia adelante:
- Eh, dame bola, ¿no escuchaste que estoy atrasado? -gritó empecinado.
El chofer se levantó y lo enfrentó:
- ¿Por qué no probás a encenderlo vos? ¿No ves que no anda?
- Bueno, no sé, arreglalo -dijo insistente el pasajero- Y abrime, que espero abajo.
El chofer resopló y, estirando la mano, accionó la palanca que abrió la puerta. Cuando el pasajero pasó a su lado, con el hombro apenas empujó al chofer. Esto lo enardeció y, antes de terminar de bajar, descargó con una furia tremenda una patada en la espalda del agresor. Éste fue lanzado hacia adelante y dio con su humanidad sobre el asfalto. Mientras trataba de reponerse, el chofer ya había saltado sobre él y descargaba manotazos a mansalva. Con otros pasajeros, bajamos a separarlos. Estábamos en eso cuando oímos que un tipo, grande como una puerta, exclamó:
- Déjenlo que lo mate, por turro.
Una señora, de unos sesenta años, se le paró delante y le gritó:
- ¡No puede ser tan bestia!
Creí que esto calmaría al señor. Pero, para sorpresa de todos, cruzó de una cachetada a la mujer, lanzándola hacia un costado. Mientras algunos nos quedábamos con el chofer, quien estaba ciego de bronca, otros se fueron encima del nuevo agresor, pero éste iba despachándolos sin dificultad, debido a su gran contextura.
Otro movimiento captó mi interés a mi derecha. Al pie del camión, cerca de la puerta, vi cómo el acompañante del chofer del micro, recibía una golpiza de dos personas.
Mi cabeza parecía a punto de estallar. Resolví instintivamente soltar al chofer e ir retirándome de la trifulca. Algo no estaba bien, todos estaban reaccionando irracionalmente. No podía haber tanta ferocidad en la gente. Algo lo provocaba.
Mientras iba retrocediendo, alguien tocó mi brazo. Giré bruscamente, dispuesto a defenderme. Era Flor, que me había visto alejarme y me siguió, temerosa.
- Te traje tu bolso, Nacho -me dijo, temblando.
Cuando estaba por agradecerle, sonó un estruendo. Era un policía, o militar, no sé, que estaba de civil y había disparado al aire con su pistola. La gente detuvo su accionar, pero cuando parecía que todo se calmaba, voló por sobre la muchedumbre lo que parecía un trozo de metal, que fue a dar en la cabeza del agente, que trastabilló y dejó caer su arma. Se abalanzaron sobre él dispuestos a hacerle pagar cara su acción. Ya no se distinguía a agresores de agredidos. Todos estaban fuera de sí.
De pronto, distinguí a mi acompañante, la mujer que dormitaba intranquila, que se agachaba y levantaba la pistola caída. La miró, la tomó con ambas manos y disparó. El hombre que había agredido a la señora mayor de un manotazo, se tomó el pecho y, con los ojos bien abiertos, cayó hacia adelante. Los demás dirigieron su vista a la asesina y, luego de un instante de duda, se lanzaron hacia ella gritando. La mujer volvió a disparar.
Y se desató el infierno.
La segunda bala fue a dar en el camión que transportaba combustible, originando una explosión que nos levantó del suelo. Cuando nos reincorporamos, vimos una escena de terror. Gente quemándose, a los gritos otros, algunos que seguían peleándose sin sentido. Las llamas habían alcanzado el micro y empezaba a consumirse.
La mujer que había disparado estaba nuevamente parada, con el arma en la mano. Vimos cómo, presa de un infinito dolor interno, levantó la pistola y, poniéndosela en la boca, apretaba el gatillo.
Flor giró su cuerpo y se abrazó a mí, sollozando.
Entonces, para infinita sorpresa mía, y contra todos mis principios, mi formación ética, mis valores religiosos, echando por tierra mis prejuicios y sin ninguna razón que lo justificara frente al desastre ocurrido, sentí cómo iba creciendo en mí un irrefrenable deseo de poseerla.

Fin del capítulo 1

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